Cada mañana, justo después de que nuestros músculos se fuesen calentando y de que remar nos
resultara tan natural como respirar, la canción empezaba a sonar dentro de mi cabezota. Yo la intentaba tararear una y otra vez, incluso estiraba el cuello para afinar, pero mis compañeros de cayuco, Julen y Rubén, no parecían acordarse de ella. No lo podía creer. La había oído decenas de veces. Dentro sonaba muy clara, pero el chorro de mi voz hacía de las suyas, y los sonidos (por no decir graznidos) que salían de mi garganta eran muy diferentes. En un principio no sabía qué significaba la letra pero ahora que lo sé, todavía me gusta más…
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